viernes, 29 de mayo de 2015

Gente de bien, de Franco Lolli: De lo que no se puede hablar...



En Colombia se hacen películas, y cada vez más. Pero en muy raras ocasiones ese voluntarismo, hoy en alza, cristaliza en programas fílmicos, es decir, en obras que manifiesten visiones únicas, intransferibles del mundo. En la obra de Franco Lolli, compuesta por dos cortos, Como todo el mundo (2007) y Rodri (2012), y el largometraje Gente de bien (2014), se insinúa un programa fílmico, una poética en la cual, la demanda de unos temas, unos personajes y un universo social se encuentra con un estilo, un correlato formal y un sustrato ideológico.

En la década de 1960 José María Arzuaga, un español, tuvo preciosas intuiciones sobre el hombre y los lugares colombianos, sobre nuestros cuerpos y gestos, sobre nuestra manera de ser. Las condiciones de la época no le permitieron hacer más que películas técnica y narrativamente malogradas como Pasado el meridianofracasos que lo condenaron a un temprano desprecio de sí mismo. En los años setenta y ochenta, Carlos Mayolo y Luis Ospina pasaron por encima de nuestra proverbial solemnidad e hicieron películas traviesas y mestizas donde lo popular y lo culto, el presente y la tradición, lo propio y lo extranjero lograban una poderosa y original síntesis. En los noventa, y en realidad desde antes, Víctor Gaviria atendió el llamado de la realidad y se sometió a su soberanía, recreándola en dos filmes que hoy sobreviven intactos y nos acusan con su mirada. Por esos mismos años y hasta no hace mucho, Oscar Campo hizo documentales personalísimos a los que hay que volver una y otra vez para entender la esquizofrenia social en que vivimos.

Franco Lolli va camino a pertenecer, con pleno derecho, a este grupo de pocos directores colombianos con un universo único decantado en una forma de expresión. Gente de bien no es solo una afortunada opera prima que no desvía nunca su camino en el propósito de mostrar cómo circulan y se desplazan los afectos entre sus tres personajes principales: un niño -Eric-, su padre -Gabriel-, un carpintero que no sabe cómo hacerse cargo de él y la mujer de clase alta -María Isabel- que los protege hasta involucrarse emocionalmente con el niño, en una relación que la expone a su vulnerabilidad. Es la consolidación de una manera de ver que ya en sus dos cortos, Como todo el mundo y Rodri, desprendía agudeza y seguridad. Lolli es una fuerza tranquila en el cine colombiano reciente. Sin ningún aspaviento o exceso, logra ser convincente con la sola capacidad de observar los signos de la realidad y dejar que su cámara los muestre.

Lo que no se puede decir es mejor mostrarlo

El tema del cine de Franco Lolli, hasta ahora, es todo aquello que no se puede decir o que habla en voz baja y entre susurros, con la fuerza de lo reprimido. Para ser más precisos, es la familia y sus rituales de cohesión y control, la amistad y sus inhibiciones, el mundo social y su sutil violencia, el momento -cercano a cualquier ser humano- en que algo se quiebra por dentro. Lo que los dos cortos y el largo muestran es cuánto duele el sentimiento de no pertenecer, de estar de más. De forma paradójica, aunque sus películas bordean y asedian aquello que no se puede decir, en ellas se habla hasta por los codos. Y Lolli, segurísimo de sus actores, logra de ellos un singular registro realista a través de diálogos en donde reposa toda la fuerza represiva de la cultura y la costumbre. Desde Gaviria no había en el cine colombiano un trabajo tan intenso en capacidad expresiva, con los actores y su oralidad. Lo que parece improvisado y natural debe ser el resultado de un trabajo obsesivo de dirección, de marcación. Son "efectos" que solo la confianza y el tiempo pueden conseguir.




Si nada importante se puede decir es porque todo un sistema de tabúes y sobreentendidos gobierna la vida social y condena las relaciones a la insinceridad. Entonces el cuerpo habla o el lenguaje balbucea. En las películas de Lolli hay un momento en que algo se transforma y se revela y en que el personaje accede a una especie de conocimiento. En Como todo el mundo, el adolescente que ha despreciado a su madre y se ha avergonzado de su precaria situación económica, regresa de la finca en Arbeláez donde ha estado con sus amigos. Juega sin propósito con una pelota en la sala de su casa, pero tan pronto su mamá llega, para un momento con el fin de hablar con ella y decirle: "Que pena". Es un diálogo banal que, sin embargo, muestra un arco completo de transformación dramática del personaje. De la negación o la revuelta contra su condición, a un principio de aceptación de su lugar en el mundo.

En Gente de bien sucede algo parecido. La narración es estrictamente lineal e incluso, como aún se le califica en algunos manuales, aristotélica, y el montaje puede pasar por "invisible", a pesar de la particular fragmentación de los planos y el volumen y posición que los cuerpos ocupan dentro de muchos de ellos. Nada nos distrae, estamos de lleno en la ilusión de realidad codificada por la representación. Sin embargo, la red de hechos y relaciones avanza despacio y pareciera que Lolli se excede en su dramaturgia de lo cotidiano. No podría ser de otra manera, pues su tema es precisamente ese: como el día a día va cercando a unos personajes. La vida no está hecha de grandes momentos sino de rutinas comprobatorias y devastadoras.

En el cine de Lolli nada está subrayado. Quizá porque le gusta hablar de clases medias y altas que emiten menos signos de identidad, o al menos no tan "ruidosos", como las clases populares. Pero incluso cuando su cine se "desplaza" como en Gente de bien a aquellos lugares de donde provienen Eric y su padre, la reconstrucción de ese mundo de la precariedad material carece por completo de exotismo. Lolli no hace turismo de clase como es habitual en nuestro cine. Y a la hora de hacer etnografía, una disciplina que parece crucial para las películas colombianas recientes, el director hace etnografía de lo que más conoce, de su propia clase social. Ahí está toda la diferencia. 

En Gente de bien hay varios momentos potentes en medio de una narración que avanza, en apariencia, sin grandes sobresaltos: cuando Eric, el pequeño protagonista canta y baila para su padre y se logra entre ellos una hermosa escena de intimidad familiar, el abrazo inesperado de Eric a María Isabel después de que esta "descubre" que le ha robado, y la escena muy al final en que la ilusión de pertenencia de Eric se rompe. Esta última ocurre en la piscina de la finca de Arbeláez a donde Eric ha llegado para pasar la navidad con María Luisa. En esta escena, de la cual no revelaré más detalles, de pronto la cámara altera más allá de lo habitual su punto de vista y se vuelve testigo de un momento de ruptura y transformación.

Gente de bien no es un película perfecta, pero en ella como en los cortos mencionados, se comenta y se prolonga lo mejor de nuestra tradición de arte realista. Un amigo llamó a Rodri una película pavesiana. Y estoy de acuerdo, pues todo lo que ella tiene para decir, y lo que tienen para decir Como todo el mundo y Gente de bien, como en Pavese, está en el estilo. En el transcurrir del tiempo y de los personajes dentro de él y en la manera como esa materia adquiere forma narrativa. Gente de bien tiene debilidades como el exceso de personajes secundarios muy superficialmente definidos y poco individualizados. Quizá Lolli los necesitaba como ese coro que comenta con sus miradas, murmullos y juicios la intensidad de lo que está pasando entre Eric, su padre y María Isabel. Incluso la hija de esta con sus reclamos a la madre por la manera en que ha llevado a su casa a vivir a un desconocido resulta caricaturesca. Pero eso es apenas un lunar en una obra que hay que celebrar por su elocuente capacidad de mostrar, de una manera única, un aspecto de nuestra manera de ser que pocos en un cine colombiano dedicado compulsivamente a hablar de los otros y por los otros, se habían atrevido a encarar.

Ver trailer:




1 comentario:

Julio dijo...

Me recordó las buenas películas de Fernando León de Aranoa (especialmente "los lunes al sol") o el cine social y realista de Icíar Bollaín. Buenos personajes principales y guiones milimetrados con buenos momentos de cine. Concuerdo que la escena de la piscina, con esa cámara a ras de agua es fuertemente eficaz en cuanto le otorga una carga dramática que evidencia ese ahogamiento metafórico de clase. Por otro lado ese baile de reggaeton entre padre e hijo me parece también una secuencia màgica, de intimidad y que refuerza esos vìnculos de sangre que finalmente se encuentran de nuevo en ese final chapliniano (en cuanto que caminan de espaldas a la cámara hacia lo desconocido) y que cierra una película muy interesante. Quizá la contradicción radica a mi juicio en que al igual que le sucede a Fernando León de Aranoa, esos guiones férreos, esas líneas de diálogo tan bien escritas, tienen un resultado algo impostado. Me da pesar ver el endamiaje del guión cuando veo una película y en esta, en alguna ocasión, con algunos diálogos especialmente con los personaje secundarios, me sucede eso. pecata minuta