jueves, 3 de julio de 2014

Las bromelias, de Manuela Montoya: el cine de los hijos

Se presenta esta noche en el Museo Nacional y el próximo martes en las sesiones de Bogoshorts en Cine Tonalá, Las bromelias, un corto de ficción de Manuela Montoya, premiado por el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico y sintomático de unas narrativas que se toman por asalto el cine colombiano, desde sus bases, desde sus hijos.

"La riqueza de una obra -de una generación- siempre está dada por la cantidad de pasado que contenga". 
Cesare Pavese

Manuela y Rossana viajan con Luis Fernando, su padre, hacia Taganga, en el Caribe colombiano. Pero al parecer ningún viaje ocurre, de manera simple o unívoca, en el presente. Se viaja siempre hacia adelante, con la expectativa de aquello que vamos a encontrar, y hacia atrás, proyectando la mirada sobre lo que dejamos. El road movie, la película de carretera, es un sustrato narrativo fértil y poderoso; en la incertidumbre que lo sostiene, nos concierne a todos.


Las bromelias, el corto de Manuela Montoya, hija de Luis Fernando y hermana de Rossana, no se ocupa del antes ni del después de ese viaje. Es una instantánea, un cuadro de familia que estalla por sus bordes. Lo contenido en esa instantánea, en ese cuadro, es, en principio, todo lo que debería importar. Sin embargo, el afuera, lo exterior, su contexto, lo envuelve, lo determina, le agrega capas de sentido.

La jornada

El fragmento de viaje es dibujado con trazos delicados pero seguros. El "falso" inicio del viaje es la ciudad nocturna, un recorrido en carro hacia la casa del padre, de donde partirá el "verdadero" viaje. La cámara descubre paisajes y personajes, y la dramaturgia sugiere la ternura pero también las tensiones del círculo familiar. El padre conduce, hace planes, toma cerveza. Las hijas le reclaman, la tensión aumenta y las emociones, antes contenidas, empiezan a ser subrayadas hasta bordear los límites del melodrama familiar: los reproches por la ausencia, la pregunta por el amor, los hijos convertidos en padres.

El drama se plantea sin resolverse con grandes énfasis, lo que establece una línea de continuidad entre Las bromelias y cortos colombianos contemporáneos como Rodri y Como todo el mundo, de Franco Lolli, o Leidi, de Simón Mesa. La promesa de un acontecimiento, contundente o definitivo, es diferida, obligándonos a un ejercicio de la mirada donde los índices que conducen nuestra necesidad de orientación y de sentido están sembrados en los objetos y las miradas, en los cuerpos y los lugares. Y sin embargo, así en Como todo el mundo, como en Las bromelias, como en Leidi, algo se ha fracturado y se ha recompuesto en el sistema narrativo, algo que incumbe a la familia y su inevitabilidad psicológica, a los vínculos afectivos que se heredan o que -eso queremos creer- se eligen.

El otro territorio al que Las bromelias se arrima, aunque incómodamente, es a aquel definido por las narrativas del yo. Y digo incómodamente porque si bien Las bromelias parte de una anécdota personal y familiar de la directora, logra objetivar la situación, aunque la complica al poner en escena al mismo círculo familiar en la que ocurrió. Esa puesta en escena de la "novela familiar" en procura de una experiencia terapéutica o de un plus de autenticidad, es un gesto que no se puede desdeñar. Pero Las bromelias es una ficción y como tal la experiencia se transforma en un relato que debe ser verosímil más allá de la evidencia testimonial. Y Manuela Montoya logra esa verosimilitud sin deberle nada a la realidad.


El contexto


En el cine colombiano, los años ochenta es el tiempo de los padres. Claro, hubo un tiempo anterior, pero es un tiempo -los años veinte, los años sesenta- que se pierde en el mito de los orígenes, con nombres más o menos difusos como los Di Domenico, Máximo Calvo o José María Arzuaga. Los ochenta, en cambio, corresponden a la norma, a la ley que se instaura y permea el espacio de posibilidad de nuestro destino, nuestro carácter, nuestro deseo, aunque como Edipo, no lo sepamos mientras respondemos ciegamente a él. Los ochenta o Focine, como algunos prefieren llamarlo tomando la parte por el todo, son la promesa y la esperanza de las grandes narrativas, del país que podía ser explicado, de la memoria sobre la que era perentorio imponer un mapa cognitivo. Camila Loboguerrero extenúa a María Cano, Víctor Gaviria ofrece un punto de vista innegociable, vertical en su realismo sobre las transformaciones de Medellín, Luis Ospina y Carlos Mayolo se convierten en los pater familias de la tradición cinéfila y de los intercambios entre la alta cultura, la cultura de masas y la cultura popular, Francisco Norden delinea la aproximación académica e intelectualizada al conflicto, Lisandro Duque la utopía de la provincia, Marta Rodríguez un imperativo político.

Más allá de ese estrecho mundo cinéfilo, sacudido por pequeñas rencillas ideológicas, estaba el mundo de la vida, la aventura y el fracaso de una generación que le heredó a la siguiente un país inicuo, de lazos sociales rotos, de sueños que terminaron por convertirse en pesadillas. Manuela Montoya, egresada de la EICTV de San Antonio de los Baños (Cuba) es una directora menor de treinta años e hija directa de la generación que estaba en el meridiano de la vida en la década de los ochenta. Luis Fernando Montoya, su padre, es un bien reconocido actor de telenovelas y películas (La mansión de Araucaima, de Carlos Mayolo, sin ir muy lejos). 


En el cine colombiano la búsqueda del padre o de la madre, o de ese antepasado escurridizo que nos define en su presencia o en su ausencia, sostiene una zona de exploración que progresivamente se va ampliando: es el impulso detrás de Looking for, de Andrea Said, de Cesó la horrible noche, de Ricardo Restrepo, de Inés, recuerdos de una vida, de Luisa Sossa, entre las producciones más recientes. El hecho de que Andrea Said, Luisa Sossa o Manuela Montoya sean mujeres, tampoco es un dato desdeñable, sobre todo si se considera que esa búsqueda de los orígenes tiene, en la literatura y en el cine, un fuerte acento masculino (piénsese si no en referentes tan disímiles pero poderosos como Pedro Páramo, de Juan Rulfo, El río del tiempo, de Fernando Vallejo, La luna y las fogatas, de Cesare Pavese, El espejo, de Andrei Tarkovski o algo más reciente y que nos interpela: Tierra en la lengua, de Rubén Mendoza). La incursión femenina en estas narrativas (1), introduce, sospecho, un tono menos confrontacional; se abre con menor dificultad un espacio para la sanación y el encuentro -dentro de lo que cabe- conciliador. Las mujeres transforman las condiciones concretas, simbólicas -y materiales- de la existencia, los hombres hacemos la guerra, incluso cuando hacemos la paz.

Lo que Las bromelias despliega como potencia es un cine de los hijos, que es indispensable que sea distinto al cine de los padres, y que necesita plantear alternativas éticas y estéticas. Un proceso similar pudo haber ocurrido con el cine de hijos argentinos como Nicolás Prividera (M. o Tierra de los padres) o Albertina Carri (Los rubios) que revisan las narrativas heredades (sobre la dictadura por ejemplo), las cuestionan y las transforman. O con el cine de directores chilenos como Sebastián Lelio (La sagrada familia, Gloria) que aun reconociendo la paternidad de Raúl Ruiz o El chacal de Nahueltoro no puede menos que hacer otra cosa. Es siempre la pregunta de cómo hacernos cargo de nuestra memoria (sobre todo si se trata de una memoria fracturada por el acontecimiento político con mayúscula, como lo pudo llegar a decir Beatriz Sarlo en Tiempo pasado), es decir de nuestros padres, para emprender un camino de responsabilidad con la vida y, por qué no, con el arte.

Notas

1). La participación femenina en el equipo de producción de Las bromelias va más allá de la directora: también incluye a Carol Ann Figueroa en el guion, Amanda Sarmiento  en la producción, Lola Gómez en la dirección de fotografía, Isabel Torres en el sonido y Marcela Gómez en la dirección de arte. También es importante anotar el carácter "eiceteviano" del equipo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Cuál es el carácter "eiceteviano"? ¿El gen de otro "padre"? ¿Se percibe en las formas? ¿o más bien algún rasgo de élite?

Pedro Adrián Zuluaga dijo...

Es más simple que eso, por ahora: la gran mayoría del equipo es egresado de la EICTV de San Antonio de los Baños. Si eso define un estilo, no tengo elementos aún para afirmarlo. Pero sí define una particular forma de la camaradería.

Anónimo dijo...

Es triste que se estén narrando estas historias de "familia" desde las clases altas y únicamente se esté presentando una mirada burguesa en el cine colombiano actual. Me refiero obviamente también a la más reciente abominación hecha por Ruben Mendoza. ¿Hasta cuándo los nietos de esas élites mezquinas sin ninguna educación y aún bañadas en sangre nos van a seguir introduciendo a la fuerza un cine impostor, falto de creatividad y agudeza, que sigue reafirmando y garantizándose como continuidad de lógicas podridas para seguir manteniendo un pueblo totalmente sometido y subyugado, también en los terrenos simbólicos, por supuesto amparados bajo el manto cómplice, conveniente e hiper-compatible de la mafia de Proimágenes? ¿Cuándo y cómo vendrán cineastas y críticos de sectores no representados del país que quieran dar un giro estético/ético lo suficientemente contundente?