domingo, 10 de abril de 2011

En el BAFICI: de la parte y del todo (3)

"Somos seducidos por la memoria", dijo Andreas Huyssen. ¿Significa esto que definimos nuestras memorias como un novelista hilvana un relato? ¿Que estamos atados indefectiblemente a nuestras propias ilusiones biográficas, y que dotamos nuestras vidas de un orden que no puede ser otra cosa que violento?

Con mis estudiantes de periodismo, el martes pasado, vimos la teoría de los fractales biográficos, las biografías sin fin como alternativa a las biografías diacrónicas y llenas de sentido que constituyeron la modernidad. Como ejemplos ellos llevaron "fragmentos" de En las manos de Dios, el despreciable reportaje de Pirry sobre Garavito. Tras cinco horas de una entrevista que debió haber sido fascinante y que en sí misma constituiría una ejemplar pieza de periodismo, Pirry opta por investirse de la moral pública y hablar a nombre de la sociedad bienpensante, cargar las tintas en contra del supuesto violador y asesino en serie, degradarlo y crear un consenso sobre su maldad. La manipulación que él ve en Garavito y que nos ayuda a ver es también su propia manipulación.

En clase, traté de disimular mi solidaridad con el personaje, acentuando que es más un enfermo que un criminal y que en cualquier caso, más que por el maximalismo moral de determinar culpables y poner blanco sobre negro, el interés de esta pieza periodística tendría que haber sido puesto en otra parte: en conocer los límites y fronteras de la degradada humanidad de Garavito, y vislumbrar no aquello que nos separa de él sino lo que nos une, las zonas grises del mal que ya habían visto no sin terror un Primo Levi o una Hanna Arendt. Se trataría, tal como me dijo ayer Oscar Campo, de voltear la cámara para mirar precisamente quién está mirando el mal y desde dónde. Entender el mal en Colombia como esa dimensión de la extrañeza entre vecinos (la figura del sapo que señala la próxima víctima entre los suyos), como esa fuerza que brota de lo familiar y no que viene desde un afuera, desde un lugar otro. Sólo un azar moral nos blinda en fronteras separadas.

Pienso en todo eso mientras varias piezas de este rompecabezas que es el BAFICI y que es la memoriosa ciudad de Buenos Aires (donde Borges imaginó a su atormentado Funes) se encargan de recordarme que es la memoria, precisamente, aquello de lo cual tenemos que hacernos cargo. En un fragmento de las memorias de Guillermo Lemos en Un ángel del pantano, el personaje recuerda los viajes de hongos en compañía de Andrés Caicedo: "Andrés se ponía muy sensible en los viajes", dice y reconstruye dos momentos ejemplares de cómo nos asfixia la memoria: el primero en una vieja casucha abandonada donde tuvieron la viva sensación de que una masacre horrible había sucedido y que también les incumbía a ellos, y el segundo en un imaginario remolino en un río donde ambos se sintieron en "la melaza del tiempo", un tiempo detenido e inmóvil, "una sensación con la cual siempre tendré que vivir", remata Lemos.

Me imagino la intensa necesidad de Guillermito de convertir esas experiencias en relatos, precisamente para poder seguir viviendo y liberarse del peso del acontecimiento: volver decible lo indecible, hacer colectiva la memoria individual. ¿Y no es ese acaso el descomunal esfuerzo de Raúl Ruiz en Misterios de Lisboa, su épica de más de cuatro horas presentada ayer en el BAFICI? Las preguntas que bordea este relato cuyo origen literario es un folletín romántico del escritor portugués Camilo Costelo Branco (a su vez personaje de Un día de desespero de Manoel de Oliveira), son múltiples. Pero para el hilo de las reflexiones aquí planteadas la que más importa es, precisamente, la de saber cómo se puede construir una historia del yo, en este caso la historia de Pedro da Silva, un huérfano, el hombre sin pasado y sin apellidos, el hombre sin padre. A partir de esa matriz inicial, Ruiz construye la red de relaciones que definen a su protagonista, la presencia de los otros en el yo, y por tanto la imposible subjetividad. Y lo hace a través de las falsas pistas sembradas por esa narrativa del espejo que recorre el mundo, la metáfora que heredamos del realismo del siglo XIX. ¡Pero para desbordarla por todos lados!

¿En quién si no en Guillermito Lemos vive aún Andrés Caicedo?

En la noche fui a un espacio escénico en la calle Lerma, donde mi amiga Patricia Carbonari y su grupo teatral presentaban una función de Acaso crezca desde el suelo. La puesta parte inicialmente de dos orígenes: una pieza de Heiner Muller, "Descripción de un cuadro", y los retazos de la biografía de la revolucionaria alemana Rosa Luxemburgo.

Me sorprendió, ahora que mi presencia en el mundo es sincrónica, ver esa palpable conciencia del fragmento, del retazo, en oposición a la idea de una biografía totalizante, ordenada, explicativa y en últimas violenta. Muller describe un cuadro donde hay un hombre (que dispara o agarra), un pájaro y una mujer. A esta última, a la mujer, solo la vemos de medio cuerpo, como emergiendo desde el suelo, resucitando. A partir de esa insinuación, Patio de Actores construye la relación del cuadro con la vida de Luxemburgo y con la idea general de la Revolución, como algo siempre emergente, siempre acechado, siempre cíclico, nunca clausurado.

Los objetos en el escenario son unas piezas de madera corrediza, el ataúd de donde se levanta Rosa Luxemburgo y que se convierte en su jardín y de nuevo en su tumba, y una versión del cuadro descrito por Muller. Mi amiga Patricia oficia de guía en ese museo de la memoria, y también hay un profesor que explica y un ayudante que dispone laboriosamente los objetos. Pero es memoria viva lo que vemos en este museo imaginario. La actriz que es Rosa Luxemburgo de repente es Eva Perón en su agónico discurso a la nación, las relaciones se multiplican, la memoria nos seduce, el relato unívoco es imposible.


Acaso crezca desde el suelo, pieza teatral de Ana Rodríguez Arana y Sergio Sabater.












Mañana, el gran teórico de la historia Hayden White hablará en el Centro Cultural Borges de "ficción histórica, historia ficcional y realidad histórica", si seguimos los términos de su más reciente libro. Dice Hayden White: "El cine comercial de Hollywood -y también Pirry, agrego yo- tiende a sentimentalizar todo al pretender construir un relato sobre la totalidad. El montaje y los fundidos otorgan modos de presentar lo siniestro. Noche y niebla, de Alain Resnais, Shoah de Claude Lanzmann y muchos de los trabajos de directores de cine como Pier Paolo Pasolini y Jean-Luc Godard son ejemplos de esto último". Y le pregunta a White un periodista de La Nación: "En años recientes el papel de los testigos en los genocidios se transformó en central para la comprensión de este tipo de acontecimientos. ¿Por qué considera que se ha producido este cambio? -Esto, dice White, está relacionado con el hecho de que, a pesar de que cientos de miles de investigaciones sobre el Holocausto nos han dado más y más información, la comprensión del hecho se mantiene incierta. Se ha decidido, creo, volver a la 'experiencia' del acontecimiento, cómo fue sentido. Esto es lo que agrega el testimonio del testigo".

No creo que entre nosotros, el testimonio del testigo, siempre ideológico y fácilmente manipulable, tenga las acciones muy en alto, por lo menos no para explicar nada en sentido definitivo. Pero es curiosa la manera como todo se anuda. Los creadores de relatos en Colombia, es decir todos y cada uno de los colombianos, estamos conminados a resolver nuestros propios "misterios", hacernos cargo de nuestra  memoria. De lo contrario otros lo harán por nosotros.

2 comentarios:

Gabriel Villarroel dijo...

Qué estupendo cruce de recuerdos, ideas y referencias para llegar a una misma inquietud.

William Zapata M. dijo...

Es paradójico, a Pirry le deberían dar un blog para el tipo de periodismo editorializante que hace (pues los blogs se hicieron precisamente pensando en el imperio del YO).

Y muchos bloggeros que hacen excelente periodismo por internet, deberían tener la franja triple A de RCN, si viviéramos en un mundo perfecto.

La vida es cruel.