Por Gustavo Fernández*
Reducir la polémica que provocó el estreno de El abrazo de la serpiente y su recepción entre críticos y académicos a lo relativo de los gustos personales, sería perder la oportunidad de aprender cosas más productivas y desafiantes sobre nuestro lugar como espectadores. Los debates que la película sigue suscitando –algunos de ellos cargados de insultos y descalificaciones personales o teñidos de misticismo cuasi religioso, voluntarismo nacionalista y vulgar desprecio por el "oficio de pensar"– señalan también el papel de la crítica y los medios, y su decisión de ser –o no ser– ventrílocuos del poder, las instituciones y las versiones oficiales. Podría ayudar, no poco, hacerse una serie de preguntas, muy bien resumidas por Sandra Ríos, de Cine Vista Blog: ¿Están preparados los medios de comunicación para cubrir el cine nacional? ¿Lo entienden? ¿Lo conocen? ¿Son capaces –agrego– de ver más allá de los triunfos y la aprobación "europea" y orientar una discusión menos acalorada que sin desconocer lo específico de las obras reconozca el lugar del cine en el diálogo cultural? Este texto del documentalista Gustavo Fernández, sin ánimo de cerrar ningún debate, sino todo lo contrario, da algunas ideas sobre estas cuestiones:
El debate que se instauró por las posturas de Pedro Adrián Zuluaga y Carlos Páramo, derivadas de sus visiones de la película El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra, es quizás de lo mejor que ha ocurrido recientemente en torno a la cartelera de cine a secas, no solamente respecto al cine colombiano. Y digo a secas, pues estoy de acuerdo en que el cine colombiano no tiene porqué ser visto con ojos especiales.
El debate que se instauró por las posturas de Pedro Adrián Zuluaga y Carlos Páramo, derivadas de sus visiones de la película El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra, es quizás de lo mejor que ha ocurrido recientemente en torno a la cartelera de cine a secas, no solamente respecto al cine colombiano. Y digo a secas, pues estoy de acuerdo en que el cine colombiano no tiene porqué ser visto con ojos especiales.
Ahora, cuando conocemos posturas o reseñas como las de Héctor Abad Faciolince en El Espectador, que
apunta en dirección parecida a la de Manuel Kalmanovitz en la revista Semana,
veo que críticos consuetudinarios como MK u ocasionales como HAF, ponen de presente que su intención es,
como lo parodia Augusto Bernal, “orientar al público”, pero ¿a cuál público?
Y es aquí donde creo que hay que precisar que si bien ese público es
heterogéneo, se rige, básicamente, por dos patrones diferentes de entender el cine, y por expectativas diametralmente distintas a la hora de ver una película.
Vale la pena recordar la dialéctica desarrollada
por Jean-Louis Comolli** que da cuenta de una dualidad, la del cine contra el
espectáculo. Por un lado está un
espectador digno de su nombre “que en su historia el cine supuso y construyó
más de una vez (...) capaz no solo de ver y escuchar –cosa que ya no debe darse
por descontada– sino de ver y escuchar los límites del ver y escuchar (...) ese
espectador emancipado que prefiero –dice Comolli– calificar de crítico.”
Pero el flujo
espectacular del cine, cuya dominación ha ido mucho más allá de lo que anunciaba
Guy Debord, hace de otros espectadores cómplices de las representaciones,
“alienados en lo que les hace gozar, en
lo que les gusta, lo que los seduce, alienados (si aún es preciso este
término) en su propio deseo de alienación.” (Comolli cita aquí a Jacques Rancière).
Hay un lúcido ensayo que acabo de
recibir, que cuestiona los lugares que le asignaba Edgar Morin*** en El cine o el
hombre imaginario a los procesos de identificación del espectador con el cine.
Se titula Le subjectif de l’objectif (Lo subjetivo de lo objetivo) y en él, François Niney comienza por instalar la hipótesis de que el cine “es un
aparato sicológico total o integral”,
similar pero distinto a la literatura, “puesto que una novela es un relato que
se hace mundo”, mientras que una película “es un mundo que se hace relato.”
El cine no fabrica sentido con signos abstractos como lo escrito –recordar a HAF–, opera con pedazos de mundo que llamamos planos (tomas). “Y
estos registros están constituidos del mismo tejido que el mundo que vemos a
ojo desnudo (...) y es la película la que escoge hacernos ver esos pedazos del
mundo bajo un cierto aspecto (previsto), pues son visiones registradas,
dirigidas. Y algunos espectadores se preguntarán 'vistas desde dónde, por quién, y para mostrar qué'.”
Son estos espectadores los que entienden que el cine es
ante todo un hecho cultural y es a ellos a quienes se dirigen PAZ y CP. Los otros no se lo plantean necesariamente, son espectadores que, por decirlo de forma simple, van al cine. Si hay algo sustancialmente
diferente en las reseñas críticas de Pedro Adrián Zuluaga y Carlos Páramo, es que analizan las diferentes implicaciones culturales de una película asociándola con disciplinas como la antropología o la sociología y apuntan al sentido integral de lo estético, no como una simple
consideración de gusto ("Estéticamente impecable, con un uso muy acertado del blanco y negro", como escribiera HAF).
* Ex director de la Escuela de Cine y Televisión de la Universidad Nacional y documentalista.
** Comolli ha hecho reconocidos aportes a los estudios cinematográficos, con libros como Ver y poder. Es además autor de importantes películas documentales.
*** Pensador francés, coautor con Jean Rouch de la emblemática Crónica de un verano (1960).
** Comolli ha hecho reconocidos aportes a los estudios cinematográficos, con libros como Ver y poder. Es además autor de importantes películas documentales.
*** Pensador francés, coautor con Jean Rouch de la emblemática Crónica de un verano (1960).







