En el anterior artículo, como pueden leer, cuestiono la forma y el fondo de la decisión tomada por la Academia, que premió a una película de escasísimos méritos para representar a Colombia en la preselección de los Oscar 2013. Con esta columna de opinión hice eco de un malestar extendido entre miembros y no miembros de la Academia, sobre lo equívoco y cuestionable de esta decisión, en la que se jugaban apuestas de representación internacional del cine colombiano en su búsqueda de acceso a los mercados y los espacios de legitimación internacional.
Quienes sepan leer, y está claro que los miembros de la Academia parecen haberlo olvidado, notarán que, no por temor a represalias legales, sino por un exceso de pudor retórico, hago más preguntas que afirmaciones, y dejo sembradas las mismas dudas que le asaltan al ciudadano común, al simple espectador que paga por una boleta de cine o a aquel que, incluso si no hace películas, vive de comentarlas, de programarlas, de facilitar el encuentro del público con ellas. (Esos críticos que no tienen acceso a la Academia porque en la opinión de los firmantes, somos una subespecie sin las credenciales profesionales para opinar sobre las películas, sobre todo si cometemos el atrevimiento de cuestionarlas).
La Academia, en vez de encarar un debate con altura sobre sus acciones, sobre sus mecanismos de vinculación de los profesionales del sector, y sobre qué tan acertado es el procedimiento de delegar en una junta directiva decisiones como las de seleccionar los filmes que nos representarán internacionalmente, decide contestar con un frío formalismo ejecutivo, aduciendo en su tardía carta de respuesta, que respetaron todas las reglas internas de selección de las películas a competencias internacionales.
No se dan cuenta de que, precisamente, cuestionar esas reglas es parte del debate, porque tales procedimientos pueden ser acomodaticios, favorecer a unos sectores "poderosos" por encima de otros y convertir un escenario de participación amplia en una cuestionable democracia por delegación. No puedo comprometer a los cólegas y amigos que me han informado sobre las anomalías internas de esta decisión, y sobre el malestar que generó entre muchos miembros de la Academia. Se trata de un órgano poderoso, con potencial derecho a veto, y como lo ha demostrado con esta risible respuesta, con capacidad de amedrentar. Y en Colombia hay, por fortuna, gente que ya puede vivir del cine y quiere seguir en él.
Sin embargo hago unas preguntas: ¿En qué copias vieron los miembros de la Academia la película El cartel de los sapos para tomar la decisión de preseleccionarla a los Oscar? ¿Qué significa una proyección privada? ¿Dónde fue esa proyección privada? ¿Cuál fue el productor que la inscribió? ¿Hubo un mecanismo abierto de comunicación de las reglas del juego a todas las películas elegibles? ¿Cambiaron o no cambiaron las reglas del juego cuando se tomó la decisión de la película colombiana elegida para los Goya? Yo sé todo eso, pero como los de la Academia me piden que les pregunte, les pregunto. Señores miembros de la Academia, contesten estas inquietudes y después de eso, salgan a decir abiertamente si se equivocaron o no, si fueron transparentes o no. De la calidad de la película elegida para los Oscar es casi mejor no hablar.
En su carta de respuesta la Academia no hace más que injuriarse a sí misma, al demostrar su escasa voluntad de debate, su poquísima competencia en "comprensión de lectura", y su desconocimiento de las dinámicas y responsabilidades del periodismo en una sociedad democrática (bueno, los firmantes hablan del juramento hipocrático de la profesión, que es el que hacen los médicos y otros profesionales de la salud, y en su medieval manera de pensar parecen desconocer que el periodismo es una profesión moderna, o uno de los fundamentos de la modernidad, una profesión que no compromete más que la salud del cuerpo social, que parece evidente que los abajo firmantes desprecian).
Demuestra pues la Academia que actúa de espaldas al público. El público no solo es esa cifra ciega que se cuenta en los reportes de taquilla, o que premia a los ganadores de un reality: es lo que da legitimidad y usted Academia la necesita.
Pedro Adrián Zuluaga, Bogotá, 10 de diciembre de 2012.

