Es claro que toda obra (un film, una novela e incluso un artículo periodístico) asume un punto de vista que afecta, por ejemplo, la selección del material y los grados de implicación o distancia del narrador con los protagonistas de los hechos. Operación E es una película con una presentación claramente favorable de José Crisanto Gómez, el campesino que recibió de las FARC a Emmanuel Rojas. El film, dedicado a las víctimas del conflicto armado (no sabemos muy bien de qué país, lo que termina por ningunearlas), quiere mostrarnos a este personaje, magníficamente interpretado por Luis Tosar, como una víctima más, rodeado de unas fuerzas que lo cercaron y le destruyeron su vida, sin que tuviera ninguna posibilidad de elegir.
Asimismo, Operación E evita de manera deliberada ocuparse del drama personal de Clara Rojas, mostrando de ella lo que estrictamente supimos a través de los medios y que por lo tanto es de dominio público. De esta forma, la discusión sobre una posible lesión de la intimidad de la ex secuestrada queda saldada a favor de la película.
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| Luis Tosar como José Crisanto Gómez |
Pero volvamos a José Crisanto y su presunto papel de víctima. Para favorecer este punto de vista, la película no solo lo convierte en el centro del drama, sino que lo construye como un campesino ingenioso y simpático, un héroe cotidiano cuyo heroismo se ve además favorecido por la fuerza que tiene Tosar. Es un encuadre legítimo, y lo mejor de la película, de lejos, es contar el conflicto colombiano desde abajo, mostrando las "tretas del débil", la capacidad del ciudadano de a pie para reacomodar día a día sus estrategias de supervivencia. Y a pesar de eso Operación E no suscribe una neo-picaresca de sujetos que le hacen el quite a la guerra, por el contrario, dado el destino del campesino, a lo que asistimos es a una tragedia que nos provoca una catarsis de indignación.
Pero, ¿a qué precio? Puesto que lo que es menos legítimo, o por lo menos se debería volver materia de discusión, es la manipulación emocional y la mentira histórica disfrazada de información objetiva. En este último caso, la película es bastante ligera cuando una vez pasan los créditos iniciales leeemos un resumen informativo -y que se entiende como información exacta y verificable- sobre los orígenes y trayectoria de las FARC. Al explicar los comienzos de las FARC como un brazo político del partido comunista, la película desconoce el origen campesino y de autodefensa de esta agrupación, que con el tiempo, poco o mucho, fue derivando hacia una guerrilla marxista. Parece una inexactitud menor, pero no lo es, y menos en un tiempo de procesos de paz y de luchas simbólicas.
Ignorar la historia de las FARC, resumirla en unas cuantas líneas sumarias, impide no solo la reconciliación nacional sino entender lo que significa la corrupción de los ideales de esta guerrilla, convertida en una cosa peor que la que combaten; una degradación que es resultado de un proceso histórico complejo y trágico.Y nos hace pensar en la imposibilidad de una escritura "justa" de la historia. En este caso no se incurre en la mentira o en la liviandad histórica para favorecer la narración o potenciar el drama, como arguyeron los productores de Argo o Lincoln. Se trata de un desliz ideológico. Al sugerir que las FARC siempre fueron terroristas, que siempre fueron iguales a sí mismas, se les masacra simbólicamente, y queda precisamente abierto el tipo de malentendido y de herida imposible de sanar.
La película, sin embargo, logra reponerse como el ave fénix de esta señal de alarma del comienzo, que haría presumir lo peor: un film afín al poder de turno y con reducida perspectiva histórica. Los hechos se van encadenando de manera creíble salvo esa escena inicial con la voz fuera de cuadro de Clara Rojas, con unos helicópteros que sobrevuelan un claro en la selva, y con un niño que es apresuradamente arrebatado a su madre. Una escena tramposa y poco creíble desde cualquier punto de vista.
Pero el colmo de la manipulación emocional es el final. Crisanto es separado del programa de testigos protegidos del gobierno y llevado preso. Su familia es lanzada a la calle. Aquí la película enhebra un discurso muy crítico sobre la inhumanidad del Estado, o para ser más exactos, del gobierno de Álvaro Uribe que lo representaba en ese momento, al mostrar como usó al campesino tanto como las FARC. Gómez paga una condena de seis años, según la película, aunque en realidad fueron cuatro. Y vemos a su familia engrosando la población desplazada de las grandes ciudades. Es un destino previsible para una familia que indudablemente fue víctima.
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| Martina García, la campesina, esposa de Crisanto, increíblemente bella y en buena forma, tras seis embarazos |
Ver por ejemplo la entrevista que publicó hoy Semana con José Crisanto Gómez:
http://www.semana.com/nacion/articulo/aqui-para-defender-nino-mira-quien-hijo/334937-3
Pero también es un golpe bajo y una ligereza, destinada a criticar burdamente al gobierno colombiano, y empatar las cargas. Ni FARC ni gobierno, solo las víctimas.
Es una posición bienintencionada, pero demasiado simplista.
Operación E es una película rescatable en muchos aspectos y nos entrega un punto de vista necesario sobre el conflicto colombiano: el de las víctimas en un tiempo que, como dice, Beatriz Sarlo, es "su tiempo", "nuestro tiempo". No era pues necesario ese rudo señalamiento del victimario. A estos últimos, habría que identificarlos con precisión, porque sus crimenes no son intercambiables. O en su defecto ignorarlos.
Ver:
Entrevista con el director de Operación E:
Trailer de la película:





