
La relación entre una odontóloga interpretada por Sabine Azéma, la última musa del director, y un neurótico desempleado próscrito (interpretado por André Dussollier) que vive en una espléndida villa, está llena de torpeza. Se conocen (?) gracias a un episodio fortuito (el hombre encuentra la billetera que le han robado a la mujer y en el trance de devolvérsela se va enredando cada vez más en su propia madeja) y la película se dedica a mostranos cómo se atraen y se espantan.
Los personajes dejan un estropicio en su paso por cada escena, monologan (?) y a su vez un narrador los comenta. Pero este narrador omnisciente tampoco entiende muy bien para dónde van él, la historia y los personajes. Resnais sabe que los relatos no tienen un desarrollo "necesario" (¿Recuerdan la fantástica Smoking / No Smoking?). Las hierbas salvajes es el aparente triunfo de la contingencia y el azar. Un cine donde todo está calculado para que parezca espontáneo y feliz, aunque en el envés de toda esta loca armonía siempre hay dolor, desorden, hierbas salvajes que hay que podar.
Una fiesta de la imaginación. Recomendada para quienes creen que en el buen cine es como internarse en un camino desconocido.
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