domingo, 10 de febrero de 2013

"En río revuelto...", sobre Pescador de Sebastián Cordero

Menos mal que el segundo estreno colombiano del año es una película 80% ecuatoriana. Menos mal que tras la cámara (y volveremos sobre el aparato más adelante) no está uno de esos directores colombianos que usan el cine como un "dispositivo de clase", para separar el mundo entre nosotros y los otros, cuidando de ubicarse entre los primeros.

Gracias a esa matemática de las coproducciones, a la que el cine nacional se ha entregado -y se va a entregar más- con tan ciega obstinación, por esta vez nos salvamos de una película made in Colombia,con las trazas y los tics con que habitualmente se enfrentan en el país los temas que esta película asume: las drogas, su tráfico y la promesa de atajos con que una y otro encandilan y corrompen todas las instancias de la sociedad.

Menos mal que Sebastián Cordero dirige esta película, y no, supongamos, Felipe Martínez. Desde su opera prima Ratas, ratones, rateros, ubicada en la encrucijada del realismo urbano de los años noventa, Cordero ha desarrollado una carrera en ascenso, que no le teme a los compromisos comerciales y siempre ofrece resultados de calidad. Y Pescador no es la excepción.


Andrés Crespo, en Pescador.
En vez de engolosinarse con la exhibición impúdica del folclor del mal, Pescador se concentra en desarrollar su personaje principal, un pescador de Matal, una pequeña comunidad ecuatoriana, obsesionado con su origen (supuestamente es el hijo de un influyente político) y que ve en un carga de cocaína que "providencialmente" llega a sus manos, la oportunidad para ajustar cuentas con su destino. No es pues una película sobre la mafia, sino sobre aspiraciones humanas universales representadas en un personaje entrañablemente encarado por el actor Andrés Crespo.

En su cometido tiene el poco tino de mezclarse con una colombiana (María Cristina Sánchez) que está de paso en Matal, y es así como juntos, cada uno a su manera y siguiendo el guión que la vida los puso a interpretar, intentan aprovecharse del "traído". Pero la película que en casi todo lo demás es rescatable, naufraga en los brazos de esta actriz colombiana, parte del 20% nacional que es representado por Contento Films (la productora antioqueña, que aun con otro nombre, estuvo detrás de las películas de Juan Orozco: Al final del espectro y Saluda al diablo de mi parte). Sánchez nunca encuentra el tono  y el 50% de esta aventura termina arruinado por lo mal dibujados que están los rasgos y motivaciones de su personaje.

La película fue rodada con una cámara Canon 7D (el nuevo fetiche del cine independiente y de bajo presupuesto), que según un amigo colombiano solo sirve para rodar diarios personales. Pues Pescador (como otras películas que la usan) demuestra que no es así, y que, en todo caso, si bien el cine es tecnología también es narración y lenguaje.

Pescador tiene otro problema, aunque eso es más un exceso disculpable que un problema estructural: el embelesamiento con algunos recursos técnicos que ofrece la Canon 7D, que resultan accesorios en la narración, sobre todo cuando esta llega a las grandes ciudades (Guayaquil y Quito) a donde los protagonistas han ido a parar con su mercancía. Esto no lo necesita un director tan profesional como Cordero, cuya película en este aspecto pareciera revelar a "un niño con un juguete nuevo". Asimismo el abuso de la música, en este caso de la agrupación La 33. La convergencia entre la música y el cine colombiano merece un análisis aparte, que evalúe casos específicos como los de Rubén Mendoza o Carlos Moreno. Si bien hay un tronco generacional común entre nuevos músicos y nuevos cineastas, valdría la pena pensar la colaboración en términos de necesidades estéticas y/o narrativas, y no comerciales o de legitimación mutua.

El colega César Alzate Vargas llama la atención  sobre la coincidencia (por lo menos en algunas ciudades) de cuatro películas colombianas en cartelera: Apatía, una película de carretera, El paseo 2, Lo azul del cielo y Pescador. Estoy de acuerdo con él en que lo único de este lote que nos permite estirar el cuello y ver un poco más allá de la "mediocridad ambiente" es la película colombo-ecuatoriana. Convengamos en que en una industria cinematográfica no todas las películas tienen que ser buenas, pero debería preocupar a los implicados en el negocio (público incluido) cuando la gran mayoría  son malas o estancan por su discreción el avance de un cine en el que sin embargo aún ponemos las más altas expectativas.

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sábado, 19 de enero de 2013

"Ni es cielo ni es azul": sobre Lo azul del cielo de Juan Uribe



Lo azul del cielo es el primer estreno del cine colombiano en 2013, un año que promete ser tan prolífico como el que acaba de terminar, y tanto o más incierto en sus cifras y expectativas (éxitos comerciales como los de El Paseo 2 no pueden dejar de ser buenas noticias, pero películas de mayor nivel tendrían que poder aspirar al esquivo favor del público).

María Gaviria y Aldemar Correa
El largometraje de Juan Uribe comparte con Paraiso Travel no solo unas fechas parecidas de estreno, a la zaga de la infaltable premier de Dago García, sino algunos actores (Aldemar Correa, Ana María Sánchez), cierta atmósfera moral, una ciudad, unos personajes aspiracionales, un origen literario (en este caso una obra teatral de Hernando García Mejía, un escritor del canon más conservador de la literatura antioqueña), directores formados en la producción de cine en Estados Unidos y, lo último pero no lo menor, una comprensión del cine como agente de una supuesta buena imagen para países o ciudades.

Simon Brand, director de Paraiso Travel,  dijo alguna vez en un foro en la Universidad Javeriana, que era incapaz de hacer películas que hablaran mal de Colombia, y con ello suscribía una preocupación que parece calar en cierta diáspora colombiana que debe enfrentarse, sin duda, a negociar en la vida diaria los estigmas y estereotipos de haber nacido en este país.

El film de Uribe tiene de entrada el mismo problema: "Traté de mostrar la ciudad (Medellín) bajo una nueva luz. Quisiera lograr que esta película haga parte de ese renacimiento por el cual ha pasado la ciudad en los últimos años" (del pressbook de la película). Sin duda es un loable propósito ciudadano y una agenda que tiene que ser del mayor interés de políticos y empresarios, pero es un programa que en principio uno supone ajeno a los desafíos artísticos.

Y es claro que Lo azul del cielo se contorsiona hasta lo desesperante por mostrar una Medellín de arquitectura de vanguardia y un insólito desarrollo urbanístico, elementos que son forzados a entrar en una historia donde queda claro que, como dicen en El embajador de la India sobre los colombianos, "gentecita no, gentecita no buena, gentecita...regular". Un esfuerzo que hace recordar la conocida letra "Porque ese cielo azul que todos vemos ni es cielo ni es azul. Lástima grande que no sea verdad tanta belleza".

 "Anduve mucho Medellín tomando registros del metro, el metrocable, las universidades, parques", dice Uribe. Y a fe que ese concreto abunda en la película. Pero no está al servicio de ninguna idea narrativa. El resultado es como esos films de ciudades de Woody Allen, donde las atracciones turísticas aparecen claramente prescritas para la curiosidad del espectador, pero por supuesto sin la gracia y los personajes del director estadounidense.



Lo azul del cielo es descrito en la publicidad de la película como un thriller romántico.  Pero para ser más exactos se trata de dos películas. Una primera parte donde un joven (el mencionado Aldemar Correa, un actor con un repertorio muy limitado de recursos técnicos) debe decidir si participa o no en un secuestro y donde están claros algunos elementos del género; este bloque tiene aciertos cinematográficos y un desarrollo verosímil de situaciones y personajes (aunque el supuesto dilema moral del protagonista se resuelve a la velocidad de la luz, perdiendo todo su potencial peso dramático). Y una segunda parte que es un bodrio sentimental que ningún espectador con dos dedos de frente podría tomarse en serio, pues de tal grado son sus excesos y simplificaciones.

Ese es el precario balance de una película subordinada a intereses espurios o que por lo menos nunca lograron integrarse sólidamente a una narración cuyos aciertos son aislados y secundarios (la actuación del casi siempre convincente John Alex Toro, algunas atmósferas sonoras, determinados climas visuales). Sin duda menos de lo que se le tendría que exigir a una película que tuvo recursos, un personal técnico y artístico muy profesional y un bello título.

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lunes, 7 de enero de 2013

La Ley 1556 o el paisaje que seremos



La sanción de la Ley 1556 conocida como Ley "Filmación Colombia", fue el hecho más relevante en 2012 para las huestes cinematográficas, aunque estemos aún pendientes de su desarrollo e implementación. El siguiente texto fue escrito para el portal Razón Pública y publicado en los días siguientes a la aprobación del nuevo marco legislativo.

Hollywood en la Casa de Nariño

La noche del 11 de julio de 2012, Juan Manuel Santos, hombre de mundo como el que más, fue la cabeza de un penoso espectáculo provinciano, muy a pesar de que, al decir de la revista Arcadia: “En el evento estaba no solo la crema y nata del cine nacional, sino que se oía inglés por todas partes” (No 82, p. 6).


El presidente de los colombianos, que en la mañana y tarde de ese mismo día había fracasado ruidosamente en su intento de diálogo con los indígenas del sur del país, se sentía como pez en el agua entre las divas y divos que colmaban los patios exteriores de la Casa de Nariño, a quinientos años luz de la incómoda insurrección caucana. El glamuroso escenario fue preparado para la sanción de la ley  1556 de 2012, “Por la cual se fomenta el territorio nacional como escenario para el rodaje de obras cinematográficas en Colombia”. 


Con un discurso generoso en guiños a la farándula local (¡qué bien lees el teleprompter Mr. President!), fragmentos de películas de impronta Hollywood y una selección musical que delata muy bien la idea de cine que se quiere atraer a Colombia (Walt Disney et al.), Santos rubricó el esperpento, con el poder legitimador de personajes como Amparo Grisales, Manolo Cardona (a quien el presidente dio la bienvenida pública a su familia), Isabela Santodomingo o Paula Jaramillo. “Hoy se firma le ley para que Hollywood venga a hacer cine a Colombia”, tituló sin asomo de vergüenza en primerísima primera plana El Tiempo del 11 de julio, como si todo el cine del mundo se redujera a ese mantra.

El saludo fraternal de Juan Manuel Santos y Manolo Cardona












Baja autoestima, alta rentabilidad


¿Pero qué se esconde debajo de esta ley que tiene tan férreos –y pocos defensores–? ¿Quiénes serán sus rentistas? ¿Quiénes medran a su alrededor y serán invitados a la mesa y quiénes, en cambio, se quedarán con las migajas? Tras largas e intestinas discusiones, en las que participó lo más granado de la escena cinematográfica local, y nuestro honorable Congreso, el texto de la ley arranca con una auténtica piedra filosofal: “Artículo 1°. Objeto. Esta ley tiene por objeto el fomento de la actividad cinematográfica de Colombia, promoviendo el territorio nacional como elemento del patrimonio cultural para la filmación de audiovisuales y a través de estos, la actividad turística y la promoción de la imagen del país, así como el desarrollo de nuestra industria cinematográfica. Lo anterior, de manera concurrente con los fines trazados por las Leyes 397 de 1997 y 814 de 2003 respecto de la industria cultural del cine, todo ello dentro del marco de una política pública diseñada para el desarrollo del sector cinematográfico, asociado a los fines esenciales del Estado”.


El texto incurre en sutiles mentiras y contradicciones, y pasa de agache frente a la dificultad de juntar en un mismo costal la cultura, la actividad turística y la promoción de la imagen del país. Por supuesto, estamos en una época donde las industrias creativas han demostrado suficientemente el alcance económico de la cultura, pero no es menos cierto que toda actividad artística debe estar, por principio, desligada de las agendas del poder (promoción de la marca país, buena imagen). ¿Quiere esto decir que habrá un ojo avizor que impida que Colombia sea asociada de nuevo, como lo fue en otras épocas en el cine filmado en el país por extranjeros, a vengativas y celosas amazonas, sangrientos caníbales, contrabandistas, capos de poca monta y otra suerte de prejuicios que iban del trópico a la selva, y del oro a las esmeraldas, pasando por la coca?  

El simple artículo 1º, que no es lo más importante pero supone el derrotero conceptual del que se partió, revela viejas ansiedades no resueltas, una bajísima autoestima y un débil posicionamiento geoestratégico. ¿Así es como vamos a jugar en el complejo entramado transnacional del cine? ¿Ofreciendo paisaje y bellezas naturales, bellas y obsequiosas mujeres, supinos funcionarios, mano de obra barata y no sindicalizada? Por supuesto que al gran músculo financiero del cine internacional le interesa filmar en países donde pueda evadir una que otra incomodidad y uno que otro costo, como ha ocurrido en Puerto Rico, Hungría o Nueva Zelanda. Es puro sentido práctico, no interés real por Colombia, lo que va a convocar la soñada inversión.

En resumen, la ley tiene atractivas promesas para la inversión extranjera (devolución del 40% de lo gastado en servicios cinematográficos y un 20% de lo invertido en otros conceptos como hoteles y pasajes) y muy pocas talanqueras que regulen los modus operandi del capital internacional del cine en el país.

Menos cultura, más turismo

La ley no es concurrente con la 397 o Ley General de Cultura, de 1997, que si bien dejaba una puerta abierta a las industrias culturales, todavía, y en el espíritu de la Constitución del 91, pensaba la cultura en términos de identidad y memoria, y la defendía como la expresión de una diversidad, no pocas veces incómoda (como la de los indígenas, para ir bien lejos). Ni con la ley 814 de 2003 o (primera) ley de cine, que aunque daba un paso adelante para consolidar la industria cinematográfica fue capaz de generar un consenso alrededor suyo, a pesar de que haya tenido grandes y claros beneficiarios como Cine Colombia. Pero ese consenso y legitimidad social ganado por el cine colombiano, la institucionalidad que estaba en proceso de consolidación, la energía de una masa cada vez mayor de personas interesadas y dispuestas a integrarse en el cuerpo social haciendo películas, ahora está en su más dura prueba.

En esta nueva ley solo se habla de dinero e inversión, y de garantías para el capital extranjero, y no entiende uno muy bien que hace un Ministerio de Cultura obsesionado en conseguir su aprobación y gastando su poco capital político en esta iniciativa, que bien podría haber sido tramitada solo por el Ministerio de Turismo.

La nueva ley, en cambio, es concurrente con los pactos de estabilidad tributaria, con los tratados de libre comercio firmados asimétricamente por Colombia con otros países, con las leyes que garantizan la explotación minera de nuestro territorio. Es expresión de un país ansioso por ponerse en venta y al mejor postor. Los beneficiados en este caso son, por el lado local, las pocas empresas con la infraestructura para ofrecer servicios competitivos a la inversión extranjera, lo cual explica la satisfacción de algunos empresarios y productores, los más sólidos financieramente. Pero en el camino quedará un reguero de pequeñas empresas, un cine nacional con tendencia a que se disparen sus presupuestos y una vía bastante incierta para el cine más arriesgado y menos comercial. Un productor nacional ahora podrá hacer películas cinco o diez veces más caras, dejando de lado los mecanismos disponibles en la vieja ley de cine, la de 2003, que preveía un férreo y sensato mecanismo de topes a la inversión para evitar la especulación o el lavado de activos, y yéndose a jugar a las grandes ligas. Conociendo nuestra megalomanía, ya es fácil prever lo que puede pasar.  

¿Transferencia de conocimientos? ¿Posibilidad de que crezca la capacidad tecnológica instalada? ¿Generación de empleos cualificados? Conviene decir que uno de los sectores donde más reina la informalidad y el abuso laboral es en la producción audiovisual colombiana, y ese personal técnico acostumbrado al maltrato es parte de lo que vamos a poner en bandeja de la codicia extranjera. ¿Incremento de la buena imagen del país? ¿Alguien recuerda algo distinto a Dania de la famosa cumbre de Cartagena?

Leyes a la medida

500 años después del poco amigable descubrimiento y conquista del territorio de la actual Colombia, con su consecuente exterminio cultural y sus bien escogidas víctimas, asistimos a nuevas formas de masacre cultural, ahora mucho menos sangrientas y más sofisticadas.

La ley  no está asociada a los fines esenciales del Estado, a no ser que el investigador Luis Jorge Garay tenga razón al decir que estamos ante una reconfiguración cooptada del Estado, que ocurre en distintas escalas. Si el Estado moderno se fundó para poner en pie de igualdad a todos los ciudadanos y proteger a los más débiles frente al abuso de los poderosos, estaríamos recorriendo un camino de vuelta a lo más hobbesiano del espacio social. Para la aprobación de la ley de cine 814 de 2003 la poderosa Cine Colombia chantajeó al estamento cinematográfico de entonces -y lo sigue haciendo- para garantizarse la mejor parte de la tajada, el poder de decidir lo más importante y el más generoso retorno de inversión. Sin el lobby de la poderosa distribuidora y exhibidora no habría ley y el débil cine colombiano no hubiera tenido esa base para operar. Eso se ha aceptado como un mal necesario. Lo mismo pasa con la nueva ley. En vez de hacer las cosas bien de entrada, con leyes justas y proporcionadas, nos resignamos a engendros contrahechos, con la idea conformista de que al menos tenemos algo. Y así nos va. En el Cauca en cambio son extremistas e incómodos. ¡Qué viva el espectáculo!     

 

domingo, 30 de diciembre de 2012

La Sirga y "una cierta mirada" del cine colombiano

Estoy leyendo en estas pascuas Memoria por correspondencia, las 23 cartas que entre 1969 y 1997, le escribiera la pintora Emma Reyes a su amigo Germán Arciniegas y que ha publicado con mucho éxito en este 2012 la editorial independiente Laguna Libros. Memoria es un libro sencillo y entrañable que, sin embargo, no deja de obligarme a pensar que no hace parte -a despecho de las contorsiones de muchos críticos- de una gran tradición de la literatura colombiana que pudo haberse dado entre las décadas de 1920 y 1970: los años que hay entre La Vorágine y Qué viva la música -con grandiosas cosas extemporáneas a esta tradición como Celia se pudre, de Héctor Rojas Herazo-. Es como si para la literatura colombiana ya hubiera pasado su "momento", y que los escritores actuales tuvieran que vivir bajo ese peso del pasado, con esa "angustia de las influencias". Entretanto, para un cine sin duda minoritario y anclado más a la aprobación internacional que a la propia, pareciera abrirse una gran brecha, un desafiante destino: el de que reconozcamos a través suyo -por medio de un arte desclasado y sin tradición- un país. Esta idea peregrina y apurada la uso solo como disculpa para recuperar un texto escrito para el portal Razón Pública, sobre La Sirga y "una cierta mirada del cine nacional".


Cine colombiano, pero mejor

En la década de 1960, Marta Traba resaltaba la capacidad del cine -un arte hasta ese momento en vía de legitimación en el país- para revelar al paisaje y al hombre colombianos, con un realismo más directo que el de cualquier otra disciplina artística.  Lo que la gran crítica argentina veía en ciernes a través de trabajos pioneros como los de Francisco Norden, que se movían entre lo turístico y lo institucional, es probable que apenas ahora se esté dando a cabalidad. Y lo están logrando unos trabajos que se instalan en los márgenes de la representación tradicional, en un extrarradio nacional, lejos de los grandes centros del poder. 
                                                                                          
La Sirga, la opera prima del director caleño William Vega, conforma junto con Porfirio, de Alejandro Landes, y El vuelco del cangrejo, de Óscar Ruiz Navia, un grupo de películas que abren una vía realmente renovadora tanto en contenidos como en lenguaje fílmico dentro de un cine colombiano mayoritariamente embelesado en su propia mediocridad. A estos largometrajes de ficción se podrían unir unos cuantos documentales: Corta, de Felipe Guerrero, Nacer y Bagatela, de Jorge Caballero, La Hortúa de Andrés Chaves.

Sé que estas etiquetas son odiosas, pero me atrevo a decir que estas películas representan una tendencia, un nuevo cine colombiano que tiene la capacidad de entablar un diálogo intenso con la realidad que toma como referente, pero que son antes que cualquier cosa cine, trabajo sobre la forma y el lenguaje; todos y cada uno de estos títulos evidencian altísimos niveles de autoconciencia artística.

Los matices

Estas películas tienen en común que vuelcan su interés en geografías culturales concretas y recuperan la vocación del cine como registro de lo real, como testigo del presente: son filmes en ese sentido profundamente políticos aunque no en todos los casos se ocupen de fiscalizar el ejercicio fáctico del poder.


  • Porfirio fue rodada en Florencia con un grupo de actores encabezado por el propio aeropirata que protagonizó los hechos que la película reconstruye. Pero reconstruir es un verbo engañoso, porque el filme de Alejandro Landes nos obliga a desviar la mirada de lo excepcional del acontecimiento periodístico -el hombre que secuestra un avión con el fin de  llamar la atención del alto gobierno sobre su situación- y exige que nos concentremos en el lento discurrir de la vida cotidiana de un hombre atrapado en su cuerpo, pero que se resiste a sacrificar su libertad interior.



  • El vuelco del cangrejo fue rodada en La Barra, en el Pacífico colombiano, y de cara a ese paisaje idílico escenifica las complejas tensiones de sus personajes. Tensiones que se dan a todo nivel (económico, sexual, cultural) para mostrarnos los múltiples pliegues de la vida en esas pequeñas comunidades idealizadas por el turismo o deseadas por la máquina capitalista. Sin grandes y altisonantes metáforas como las que intenta Chocó de Jhonny Hendrix, El vuelco nos permite entender, lateralmente, las polaridades que amenazan la convivencia social en Colombia.



  • Corta es una “meditación” sobre el trabajo físico y un documento sobre los corteros de caña en el Valle del Cauca. Pero es sobre todo un filme sobre el hecho de filmar y editar, sobre la necesidad de crear un sentido a partir de un lenguaje dado, el del cine. Nacer y Bagatela son ejercicios de intensa observación de los mundos dispuestos ante la cámara, con unas delimitaciones e intereses precisos a partir de los cuales las realidad filmada se abre a múltiples sentidos. En el primer caso, en los hospitales bogotanos donde distintas mujeres y sus familias se enfrentan al parto; en el segundo caso, en los juzgados donde van a parar las pequeñas causas judiciales. Por último, La Hortúa es el registro de un espacio, el hospital del mismo nombre y las personas que se resisten a abandonarlo, en contra de las lógicas económicas que cooptan a los estados.
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    Corta, de Felipe Guerrero

Dice mucho y lo dice bien

La Sirga se integra naturalmente a este grupo de películas. El filme de Vega se ocupa de un paisaje y unos personajes, y de las interacciones entre uno y otros. Aunque obviamente hay un trabajo dramatúrgico de por medio, el primer milagro de la película es su apariencia de naturalidad, que es la misma que se siente en Porfirio. Un punto en común en este nuevo cine colombiano es la manera como nos obliga a replantear las coordenadas fijas entre el documental y la ficción, a través de una elecciones estéticas y narrativas muy concretas: actores no profesionales, gran atención al diálogo y las palabras como el lugar donde mejor se expresa la cultura y la visión del mundo de los personajes, marcado interés en los pequeños gestos cotidianos, narrativa sin grandes énfasis ni picos; en resumen, una clara conciencia de que el cine es el mejor notario de formas de vida amenazadas y en proceso de desaparición.

El filme empieza con Alicia, una adolescente, que llega a la casa de su tío, el hostal La Sirga en la Laguna de La Cocha en el departamento de Nariño, como único lugar posible para escapar y escamparse de una violencia recién sufrida. En los primeros momentos vemos al personaje y somos partícipes de su miedo, al mismo tiempo que nos hacemos conscientes de su fortaleza. La Sirga nos pone en la condición de testigos de cómo el personaje emprende pequeños trabajos en el hostal para adaptarlo de la mejor manera frente a la inminente llegada de los turistas, un leit motiv en el que es posible leer muchas de las contradicciones a las que está expuesta la vida en estos parajes sin dios y sin ley. En el trabajo cotidiano Alicia encuentra una posible forma de redención, una manera de no entregarle al trauma de la violencia la humanidad que esta pretende arrebatarle. La película no cuenta muchas más cosas, si la consideramos en un sentido narrativo tradicional, pero sí se compromete con el tránsito incierto de este personaje y de quienes la rodean. 



La Sirga, con foto-fija de Carolina Navas.

Pero La Sirga no es solo una película sobre un personaje, es sobre la manera cómo este se integra a una geografía física y humana de múltiples capas. La primera y más superficial es la aparente belleza y beatitud del paisaje, detrás de las cuales se esconden memorias, historias, susurros. La película, con su delicado trabajo de fotografía, se mueve equilibradamente entre esa belleza natural, pero se niega a entregarnos fáciles postales turísticas. A cambio, nos enfrenta a miedos imprecisos que se concretan en el uso de la niebla como expresión material de la indefinición.

Así pues, si bien la película se mueve entre los indicios materiales que nos permiten hacernos una idea de los personajes, el conocimiento que como espectadores tenemos de ellos es impreciso, sus motivaciones se nos escapan. La complejidad de lo real, su imposible unidad es lo que nos queda como espectadores, aunque el filme mismo sea un intento de encontrarla.

Los diálogos de La Sirga, con su apariencia de ser tomados al natural de la vida misma del lugar, contienen múltiples claves para el espectador: allí se puede ver la tragedia que ha significado el conflicto armado y su combustible principal, las distintas mafias que azotan al país. La Sirga no muestra este conflicto directamente, apenas lo insinúa. Sugiere en vez de nombrar con grandes voces. Todo aquí es susurado, pero todo está ahí para quien quiera ver; además del inevitable tema del conflicto colombiano, La Sirga es una película que no elude mostrar la condición de la mujer dentro de él, las tensiones entre modernidad y tradición, entre campo y ciudad, entre otros asuntos. Esta es la anomalía y la pequeña grandeza de esta película. Decir mucho y decirlo bien. 

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