![]() |
| Violencia, de Jorge Forero, se estrenó en el Forum de la Berlinale 2015, y se presentará el 23 y 24 de octubre en funciones únicas en salas de Cine Colombia. |
La primera reacción ante un filme colombiano que
lleve por título Violencia, es el desdén y la sospecha. Y más aún cuando su
campaña de expectativa, como bien lo dice Arturo Guerrero en El Espectador, juega deliberadamente al equívoco ("Violencia se
tomará a Colombia el 23 de octubre") de estar reproduciendo la centralidad
de este tema en la historia del país.
Todo parece oportunista y calculado. Pero
la experiencia misma de la película, que al fin y al cabo es lo más importante,
pone en un segundo lugar estas "ligerezas" y hace que uno olvide o,
al menos, tolere mejor, el socorrido discurso de que el arte repara las fallas
sociales, lugar común en el que casi todo hemos incurrido. Quizá se necesitan
películas tan radicales como Violencia, para sentirnos en libertad de, al fin,
hablar de otras cosas.
La película de Jorge Forero fue
concebida, en su narrativa y en su formato, y ahora en su anunciado estreno en
funciones únicas –en experiencias–, como una pieza singular, incómoda, a
contrapelo de la asepsia de un cine que rehúye a toda costa cuestionar al
espectador, dandole dosis pusilánimes de lo mismo. El siguiente texto fue
escrito para acompañar el estreno de la película en el Festival Internacional
de Cine de Berlín de comienzos de este año:
Violencia, de Jorge Forero, es una mezcla
excepcional de terquedad y compromiso. Terquedad para seguir hablando de un
tema –la violencia– que nos define como sociedad y que representa para los
colombianos su mayor experiencia colectiva, el relato común en el que todos nos
reconocemos. Compromiso para hacerlo desde el arte, un lenguaje ajeno al
optimismo de la política o de la publicidad y que, por tanto, no elabora
mensajes explicativos ni cierra las discusiones; que muestra fisuras, que nos
interroga.
![]() |
| Del tercer episodio de Violencia. |
La opera prima de Forero se compone de
tres fragmentos, tres experiencias de la violencia, tres personajes centrales.
El punto de partida suena conocido, casi frío y programado, como si se tratara
de un ensayo académico. Pero la película en sí misma desplaza al espectador a
otro lugar de comprensión, se juega sus cartas en otro lado.
Aquí la violencia es más una huella que
un acontecimiento: la violencia estuvo ahí y quedó inscrita en los cuerpos de
los actores-personajes y en sus recorridos, mentales y físicos, que son
seguidos por una cámara que no da tregua. O estará y va a romper con su fuerza
extraña y aniquiladora, cualquier sentimiento de familiaridad y pertenencia. Es
una violencia que no se reduce a actos, que se agazapa en las palabras, las
miradas y los gestos, y parece no admitir la posibilidad de una salida distinta
a la normalización, a la banalidad del mal.
Pero la película misma es una respuesta.
Al negarse a reproducir la violencia de forma explícita o literal, muestra un
camino, a través del arte, para escapar del laberinto. Un camino que pasa por
comprender y distinguir, por ver, más allá de lo aparentemente inevitable y
homogéneo de la violencia, lo que ella tiene de excepcional e inadmisible para
cada individuo.
Ver trailer:

