lunes, 7 de enero de 2013

La Ley 1556 o el paisaje que seremos



La sanción de la Ley 1556 conocida como Ley "Filmación Colombia", fue el hecho más relevante en 2012 para las huestes cinematográficas, aunque estemos aún pendientes de su desarrollo e implementación. El siguiente texto fue escrito para el portal Razón Pública y publicado en los días siguientes a la aprobación del nuevo marco legislativo.

Hollywood en la Casa de Nariño

La noche del 11 de julio de 2012, Juan Manuel Santos, hombre de mundo como el que más, fue la cabeza de un penoso espectáculo provinciano, muy a pesar de que, al decir de la revista Arcadia: “En el evento estaba no solo la crema y nata del cine nacional, sino que se oía inglés por todas partes” (No 82, p. 6).


El presidente de los colombianos, que en la mañana y tarde de ese mismo día había fracasado ruidosamente en su intento de diálogo con los indígenas del sur del país, se sentía como pez en el agua entre las divas y divos que colmaban los patios exteriores de la Casa de Nariño, a quinientos años luz de la incómoda insurrección caucana. El glamuroso escenario fue preparado para la sanción de la ley  1556 de 2012, “Por la cual se fomenta el territorio nacional como escenario para el rodaje de obras cinematográficas en Colombia”. 


Con un discurso generoso en guiños a la farándula local (¡qué bien lees el teleprompter Mr. President!), fragmentos de películas de impronta Hollywood y una selección musical que delata muy bien la idea de cine que se quiere atraer a Colombia (Walt Disney et al.), Santos rubricó el esperpento, con el poder legitimador de personajes como Amparo Grisales, Manolo Cardona (a quien el presidente dio la bienvenida pública a su familia), Isabela Santodomingo o Paula Jaramillo. “Hoy se firma le ley para que Hollywood venga a hacer cine a Colombia”, tituló sin asomo de vergüenza en primerísima primera plana El Tiempo del 11 de julio, como si todo el cine del mundo se redujera a ese mantra.

El saludo fraternal de Juan Manuel Santos y Manolo Cardona












Baja autoestima, alta rentabilidad


¿Pero qué se esconde debajo de esta ley que tiene tan férreos –y pocos defensores–? ¿Quiénes serán sus rentistas? ¿Quiénes medran a su alrededor y serán invitados a la mesa y quiénes, en cambio, se quedarán con las migajas? Tras largas e intestinas discusiones, en las que participó lo más granado de la escena cinematográfica local, y nuestro honorable Congreso, el texto de la ley arranca con una auténtica piedra filosofal: “Artículo 1°. Objeto. Esta ley tiene por objeto el fomento de la actividad cinematográfica de Colombia, promoviendo el territorio nacional como elemento del patrimonio cultural para la filmación de audiovisuales y a través de estos, la actividad turística y la promoción de la imagen del país, así como el desarrollo de nuestra industria cinematográfica. Lo anterior, de manera concurrente con los fines trazados por las Leyes 397 de 1997 y 814 de 2003 respecto de la industria cultural del cine, todo ello dentro del marco de una política pública diseñada para el desarrollo del sector cinematográfico, asociado a los fines esenciales del Estado”.


El texto incurre en sutiles mentiras y contradicciones, y pasa de agache frente a la dificultad de juntar en un mismo costal la cultura, la actividad turística y la promoción de la imagen del país. Por supuesto, estamos en una época donde las industrias creativas han demostrado suficientemente el alcance económico de la cultura, pero no es menos cierto que toda actividad artística debe estar, por principio, desligada de las agendas del poder (promoción de la marca país, buena imagen). ¿Quiere esto decir que habrá un ojo avizor que impida que Colombia sea asociada de nuevo, como lo fue en otras épocas en el cine filmado en el país por extranjeros, a vengativas y celosas amazonas, sangrientos caníbales, contrabandistas, capos de poca monta y otra suerte de prejuicios que iban del trópico a la selva, y del oro a las esmeraldas, pasando por la coca?  

El simple artículo 1º, que no es lo más importante pero supone el derrotero conceptual del que se partió, revela viejas ansiedades no resueltas, una bajísima autoestima y un débil posicionamiento geoestratégico. ¿Así es como vamos a jugar en el complejo entramado transnacional del cine? ¿Ofreciendo paisaje y bellezas naturales, bellas y obsequiosas mujeres, supinos funcionarios, mano de obra barata y no sindicalizada? Por supuesto que al gran músculo financiero del cine internacional le interesa filmar en países donde pueda evadir una que otra incomodidad y uno que otro costo, como ha ocurrido en Puerto Rico, Hungría o Nueva Zelanda. Es puro sentido práctico, no interés real por Colombia, lo que va a convocar la soñada inversión.

En resumen, la ley tiene atractivas promesas para la inversión extranjera (devolución del 40% de lo gastado en servicios cinematográficos y un 20% de lo invertido en otros conceptos como hoteles y pasajes) y muy pocas talanqueras que regulen los modus operandi del capital internacional del cine en el país.

Menos cultura, más turismo

La ley no es concurrente con la 397 o Ley General de Cultura, de 1997, que si bien dejaba una puerta abierta a las industrias culturales, todavía, y en el espíritu de la Constitución del 91, pensaba la cultura en términos de identidad y memoria, y la defendía como la expresión de una diversidad, no pocas veces incómoda (como la de los indígenas, para ir bien lejos). Ni con la ley 814 de 2003 o (primera) ley de cine, que aunque daba un paso adelante para consolidar la industria cinematográfica fue capaz de generar un consenso alrededor suyo, a pesar de que haya tenido grandes y claros beneficiarios como Cine Colombia. Pero ese consenso y legitimidad social ganado por el cine colombiano, la institucionalidad que estaba en proceso de consolidación, la energía de una masa cada vez mayor de personas interesadas y dispuestas a integrarse en el cuerpo social haciendo películas, ahora está en su más dura prueba.

En esta nueva ley solo se habla de dinero e inversión, y de garantías para el capital extranjero, y no entiende uno muy bien que hace un Ministerio de Cultura obsesionado en conseguir su aprobación y gastando su poco capital político en esta iniciativa, que bien podría haber sido tramitada solo por el Ministerio de Turismo.

La nueva ley, en cambio, es concurrente con los pactos de estabilidad tributaria, con los tratados de libre comercio firmados asimétricamente por Colombia con otros países, con las leyes que garantizan la explotación minera de nuestro territorio. Es expresión de un país ansioso por ponerse en venta y al mejor postor. Los beneficiados en este caso son, por el lado local, las pocas empresas con la infraestructura para ofrecer servicios competitivos a la inversión extranjera, lo cual explica la satisfacción de algunos empresarios y productores, los más sólidos financieramente. Pero en el camino quedará un reguero de pequeñas empresas, un cine nacional con tendencia a que se disparen sus presupuestos y una vía bastante incierta para el cine más arriesgado y menos comercial. Un productor nacional ahora podrá hacer películas cinco o diez veces más caras, dejando de lado los mecanismos disponibles en la vieja ley de cine, la de 2003, que preveía un férreo y sensato mecanismo de topes a la inversión para evitar la especulación o el lavado de activos, y yéndose a jugar a las grandes ligas. Conociendo nuestra megalomanía, ya es fácil prever lo que puede pasar.  

¿Transferencia de conocimientos? ¿Posibilidad de que crezca la capacidad tecnológica instalada? ¿Generación de empleos cualificados? Conviene decir que uno de los sectores donde más reina la informalidad y el abuso laboral es en la producción audiovisual colombiana, y ese personal técnico acostumbrado al maltrato es parte de lo que vamos a poner en bandeja de la codicia extranjera. ¿Incremento de la buena imagen del país? ¿Alguien recuerda algo distinto a Dania de la famosa cumbre de Cartagena?

Leyes a la medida

500 años después del poco amigable descubrimiento y conquista del territorio de la actual Colombia, con su consecuente exterminio cultural y sus bien escogidas víctimas, asistimos a nuevas formas de masacre cultural, ahora mucho menos sangrientas y más sofisticadas.

La ley  no está asociada a los fines esenciales del Estado, a no ser que el investigador Luis Jorge Garay tenga razón al decir que estamos ante una reconfiguración cooptada del Estado, que ocurre en distintas escalas. Si el Estado moderno se fundó para poner en pie de igualdad a todos los ciudadanos y proteger a los más débiles frente al abuso de los poderosos, estaríamos recorriendo un camino de vuelta a lo más hobbesiano del espacio social. Para la aprobación de la ley de cine 814 de 2003 la poderosa Cine Colombia chantajeó al estamento cinematográfico de entonces -y lo sigue haciendo- para garantizarse la mejor parte de la tajada, el poder de decidir lo más importante y el más generoso retorno de inversión. Sin el lobby de la poderosa distribuidora y exhibidora no habría ley y el débil cine colombiano no hubiera tenido esa base para operar. Eso se ha aceptado como un mal necesario. Lo mismo pasa con la nueva ley. En vez de hacer las cosas bien de entrada, con leyes justas y proporcionadas, nos resignamos a engendros contrahechos, con la idea conformista de que al menos tenemos algo. Y así nos va. En el Cauca en cambio son extremistas e incómodos. ¡Qué viva el espectáculo!     

 

domingo, 30 de diciembre de 2012

La Sirga y "una cierta mirada" del cine colombiano

Estoy leyendo en estas pascuas Memoria por correspondencia, las 23 cartas que entre 1969 y 1997, le escribiera la pintora Emma Reyes a su amigo Germán Arciniegas y que ha publicado con mucho éxito en este 2012 la editorial independiente Laguna Libros. Memoria es un libro sencillo y entrañable que, sin embargo, no deja de obligarme a pensar que no hace parte -a despecho de las contorsiones de muchos críticos- de una gran tradición de la literatura colombiana que pudo haberse dado entre las décadas de 1920 y 1970: los años que hay entre La Vorágine y Qué viva la música -con grandiosas cosas extemporáneas a esta tradición como Celia se pudre, de Héctor Rojas Herazo-. Es como si para la literatura colombiana ya hubiera pasado su "momento", y que los escritores actuales tuvieran que vivir bajo ese peso del pasado, con esa "angustia de las influencias". Entretanto, para un cine sin duda minoritario y anclado más a la aprobación internacional que a la propia, pareciera abrirse una gran brecha, un desafiante destino: el de que reconozcamos a través suyo -por medio de un arte desclasado y sin tradición- un país. Esta idea peregrina y apurada la uso solo como disculpa para recuperar un texto escrito para el portal Razón Pública, sobre La Sirga y "una cierta mirada del cine nacional".


Cine colombiano, pero mejor

En la década de 1960, Marta Traba resaltaba la capacidad del cine -un arte hasta ese momento en vía de legitimación en el país- para revelar al paisaje y al hombre colombianos, con un realismo más directo que el de cualquier otra disciplina artística.  Lo que la gran crítica argentina veía en ciernes a través de trabajos pioneros como los de Francisco Norden, que se movían entre lo turístico y lo institucional, es probable que apenas ahora se esté dando a cabalidad. Y lo están logrando unos trabajos que se instalan en los márgenes de la representación tradicional, en un extrarradio nacional, lejos de los grandes centros del poder. 
                                                                                          
La Sirga, la opera prima del director caleño William Vega, conforma junto con Porfirio, de Alejandro Landes, y El vuelco del cangrejo, de Óscar Ruiz Navia, un grupo de películas que abren una vía realmente renovadora tanto en contenidos como en lenguaje fílmico dentro de un cine colombiano mayoritariamente embelesado en su propia mediocridad. A estos largometrajes de ficción se podrían unir unos cuantos documentales: Corta, de Felipe Guerrero, Nacer y Bagatela, de Jorge Caballero, La Hortúa de Andrés Chaves.

Sé que estas etiquetas son odiosas, pero me atrevo a decir que estas películas representan una tendencia, un nuevo cine colombiano que tiene la capacidad de entablar un diálogo intenso con la realidad que toma como referente, pero que son antes que cualquier cosa cine, trabajo sobre la forma y el lenguaje; todos y cada uno de estos títulos evidencian altísimos niveles de autoconciencia artística.

Los matices

Estas películas tienen en común que vuelcan su interés en geografías culturales concretas y recuperan la vocación del cine como registro de lo real, como testigo del presente: son filmes en ese sentido profundamente políticos aunque no en todos los casos se ocupen de fiscalizar el ejercicio fáctico del poder.


  • Porfirio fue rodada en Florencia con un grupo de actores encabezado por el propio aeropirata que protagonizó los hechos que la película reconstruye. Pero reconstruir es un verbo engañoso, porque el filme de Alejandro Landes nos obliga a desviar la mirada de lo excepcional del acontecimiento periodístico -el hombre que secuestra un avión con el fin de  llamar la atención del alto gobierno sobre su situación- y exige que nos concentremos en el lento discurrir de la vida cotidiana de un hombre atrapado en su cuerpo, pero que se resiste a sacrificar su libertad interior.



  • El vuelco del cangrejo fue rodada en La Barra, en el Pacífico colombiano, y de cara a ese paisaje idílico escenifica las complejas tensiones de sus personajes. Tensiones que se dan a todo nivel (económico, sexual, cultural) para mostrarnos los múltiples pliegues de la vida en esas pequeñas comunidades idealizadas por el turismo o deseadas por la máquina capitalista. Sin grandes y altisonantes metáforas como las que intenta Chocó de Jhonny Hendrix, El vuelco nos permite entender, lateralmente, las polaridades que amenazan la convivencia social en Colombia.



  • Corta es una “meditación” sobre el trabajo físico y un documento sobre los corteros de caña en el Valle del Cauca. Pero es sobre todo un filme sobre el hecho de filmar y editar, sobre la necesidad de crear un sentido a partir de un lenguaje dado, el del cine. Nacer y Bagatela son ejercicios de intensa observación de los mundos dispuestos ante la cámara, con unas delimitaciones e intereses precisos a partir de los cuales las realidad filmada se abre a múltiples sentidos. En el primer caso, en los hospitales bogotanos donde distintas mujeres y sus familias se enfrentan al parto; en el segundo caso, en los juzgados donde van a parar las pequeñas causas judiciales. Por último, La Hortúa es el registro de un espacio, el hospital del mismo nombre y las personas que se resisten a abandonarlo, en contra de las lógicas económicas que cooptan a los estados.
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    Corta, de Felipe Guerrero

Dice mucho y lo dice bien

La Sirga se integra naturalmente a este grupo de películas. El filme de Vega se ocupa de un paisaje y unos personajes, y de las interacciones entre uno y otros. Aunque obviamente hay un trabajo dramatúrgico de por medio, el primer milagro de la película es su apariencia de naturalidad, que es la misma que se siente en Porfirio. Un punto en común en este nuevo cine colombiano es la manera como nos obliga a replantear las coordenadas fijas entre el documental y la ficción, a través de una elecciones estéticas y narrativas muy concretas: actores no profesionales, gran atención al diálogo y las palabras como el lugar donde mejor se expresa la cultura y la visión del mundo de los personajes, marcado interés en los pequeños gestos cotidianos, narrativa sin grandes énfasis ni picos; en resumen, una clara conciencia de que el cine es el mejor notario de formas de vida amenazadas y en proceso de desaparición.

El filme empieza con Alicia, una adolescente, que llega a la casa de su tío, el hostal La Sirga en la Laguna de La Cocha en el departamento de Nariño, como único lugar posible para escapar y escamparse de una violencia recién sufrida. En los primeros momentos vemos al personaje y somos partícipes de su miedo, al mismo tiempo que nos hacemos conscientes de su fortaleza. La Sirga nos pone en la condición de testigos de cómo el personaje emprende pequeños trabajos en el hostal para adaptarlo de la mejor manera frente a la inminente llegada de los turistas, un leit motiv en el que es posible leer muchas de las contradicciones a las que está expuesta la vida en estos parajes sin dios y sin ley. En el trabajo cotidiano Alicia encuentra una posible forma de redención, una manera de no entregarle al trauma de la violencia la humanidad que esta pretende arrebatarle. La película no cuenta muchas más cosas, si la consideramos en un sentido narrativo tradicional, pero sí se compromete con el tránsito incierto de este personaje y de quienes la rodean. 



La Sirga, con foto-fija de Carolina Navas.

Pero La Sirga no es solo una película sobre un personaje, es sobre la manera cómo este se integra a una geografía física y humana de múltiples capas. La primera y más superficial es la aparente belleza y beatitud del paisaje, detrás de las cuales se esconden memorias, historias, susurros. La película, con su delicado trabajo de fotografía, se mueve equilibradamente entre esa belleza natural, pero se niega a entregarnos fáciles postales turísticas. A cambio, nos enfrenta a miedos imprecisos que se concretan en el uso de la niebla como expresión material de la indefinición.

Así pues, si bien la película se mueve entre los indicios materiales que nos permiten hacernos una idea de los personajes, el conocimiento que como espectadores tenemos de ellos es impreciso, sus motivaciones se nos escapan. La complejidad de lo real, su imposible unidad es lo que nos queda como espectadores, aunque el filme mismo sea un intento de encontrarla.

Los diálogos de La Sirga, con su apariencia de ser tomados al natural de la vida misma del lugar, contienen múltiples claves para el espectador: allí se puede ver la tragedia que ha significado el conflicto armado y su combustible principal, las distintas mafias que azotan al país. La Sirga no muestra este conflicto directamente, apenas lo insinúa. Sugiere en vez de nombrar con grandes voces. Todo aquí es susurado, pero todo está ahí para quien quiera ver; además del inevitable tema del conflicto colombiano, La Sirga es una película que no elude mostrar la condición de la mujer dentro de él, las tensiones entre modernidad y tradición, entre campo y ciudad, entre otros asuntos. Esta es la anomalía y la pequeña grandeza de esta película. Decir mucho y decirlo bien. 

Ver trailer:


lunes, 10 de diciembre de 2012

La Academia que se injuria a sí misma

Siete semanas después de la publicación de mi artículo sobre El cartel de los sapos en el portal de análisis político Razón Pública, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Colombia ha decido tomar cartas en el asunto.



En el anterior artículo, como pueden leer, cuestiono la forma y el fondo de la decisión tomada por la Academia, que premió a una película de escasísimos méritos para representar a Colombia en la preselección de los Oscar 2013. Con esta columna de opinión hice eco de un malestar extendido entre miembros y no miembros de la Academia, sobre lo equívoco y cuestionable de esta decisión, en la que se jugaban apuestas de representación internacional del cine colombiano en su búsqueda de acceso a los mercados y los espacios de legitimación internacional.

Quienes sepan leer, y está claro que los miembros de la Academia parecen haberlo olvidado, notarán que, no por temor a represalias legales, sino por un exceso de pudor retórico, hago más preguntas que afirmaciones, y dejo sembradas las mismas dudas que le asaltan al ciudadano común, al simple espectador que paga por una boleta de cine o a aquel que, incluso si no hace películas, vive de comentarlas, de programarlas, de facilitar el encuentro del público con ellas. (Esos críticos que no tienen acceso a la Academia porque en la opinión de los firmantes, somos una subespecie sin las credenciales profesionales para opinar sobre las películas, sobre todo si cometemos el atrevimiento de cuestionarlas).
 
La Academia, en vez de encarar un debate con altura sobre sus acciones, sobre sus mecanismos de vinculación de los profesionales del sector, y sobre qué tan acertado es el procedimiento de delegar en una junta directiva decisiones como las de seleccionar los filmes que nos representarán internacionalmente,  decide contestar con un frío formalismo ejecutivo, aduciendo en su tardía carta de respuesta, que respetaron todas las reglas internas de selección de las películas a competencias internacionales.



No se dan cuenta de que, precisamente, cuestionar esas reglas es parte del debate, porque tales procedimientos pueden ser acomodaticios, favorecer a unos sectores "poderosos" por encima de otros y convertir un escenario de participación amplia en una cuestionable democracia por delegación. No puedo comprometer a los cólegas y amigos que me han informado sobre las anomalías internas de esta decisión, y sobre el malestar que generó entre muchos miembros de la Academia. Se trata de un órgano poderoso, con potencial derecho a veto, y como lo ha demostrado con esta risible respuesta, con capacidad de amedrentar. Y en Colombia hay, por fortuna, gente que ya puede vivir del cine y quiere seguir en él.

Sin embargo hago unas preguntas: ¿En qué copias vieron los miembros de la Academia la película El cartel de los sapos para tomar la decisión de preseleccionarla a los Oscar? ¿Qué significa una proyección privada? ¿Dónde fue esa proyección privada? ¿Cuál fue el productor que la inscribió? ¿Hubo un mecanismo abierto de comunicación de las reglas del juego a todas las películas elegibles? ¿Cambiaron o no cambiaron las reglas del juego cuando se tomó la decisión de la película colombiana elegida para los Goya? Yo sé todo eso, pero como los de la Academia me piden que les pregunte, les pregunto. Señores miembros de la Academia, contesten estas inquietudes  y después de eso, salgan a decir abiertamente si se equivocaron o no, si fueron transparentes o no. De la calidad de la película elegida para los Oscar es casi mejor no hablar.

En su carta de respuesta la Academia no hace más que injuriarse a sí misma, al demostrar su escasa voluntad de debate, su poquísima competencia en "comprensión de lectura", y su desconocimiento de las dinámicas y responsabilidades del periodismo en una sociedad democrática (bueno, los firmantes hablan del juramento hipocrático de la profesión, que es el que hacen los médicos y otros profesionales de la salud, y en su medieval manera de pensar parecen desconocer que el periodismo es una profesión moderna, o uno de los fundamentos de la modernidad, una profesión que no compromete más que la salud del cuerpo social, que parece evidente que los abajo firmantes desprecian).

Demuestra pues la Academia que actúa de espaldas al público. El público no solo es esa cifra ciega que se cuenta en los reportes de taquilla, o que premia a los ganadores de un reality: es lo que da legitimidad y usted Academia la necesita.


Pedro Adrián Zuluaga, Bogotá, 10 de diciembre de 2012.