Por PATRICIA CARBONARI*
No vi más que una vez Tierra en la lengua, no he podido aún
gozar de la diferencia que aporta una segunda visión. Pero sí quedé muy
interpelada por un fuerte protagonista, como eje de un relato intenso,
contundente tanto en su aspecto formal como en la historia que narra. Rubén
Mendoza hizo una enérgica elección: un "no actor" como protagonista,
un abordaje desde el estado natural, desde quién conoce muy bien el campo que
transita. Una receta certera que viene
dando buenos resultados desde que los pobladores de La tierra tiembla (Lucino
Visconti, 1948), o el mítico Lamberto Maggiorani (descubierto por Vittorio de
Sica para Ladrón de bicicletas, 1948), dieran el puntapié inicial para la
legendaria relación entre los neorrealistas italianos y los actores naturales.
Y Jairo Salcedo se pone en la piel de Don Silvio Vega,
sustentando el relato con su presencia a un ritmo que no decrece en toda su
composición, y dando a la película aquello de lo que, en otros campos, adolece.
Portador de uno de esos rostros tallados a mano (como decía Leonardo Favio de
Edgardo Suárez, aquel actor de rostro esculpido que mereció interpretar al
traidor de Juan Moreira), sostiene una interpretación sin ilustraciones ni
lugares comunes. Salcedo lo lleva todo adentro y solo lo exterioriza para que
la cámara haga lo suyo. Tierra en la lengua propicia la construcción de un
personaje ambiguo pero a la vez creíble, de esos que facilitan el verosímil,
algo que Mendoza no había logrado en su primer largometraje La sociedad del
semáforo, donde deseó más de lo que pudo plasmar.
Y aquí, que tenía terreno ganado antes de empezar con este
magnífico tirano atravesando sus últimos días, parece haber perdido la
oportunidad de expandirse porque creyó demasiado en su protagonista como eje de
la acción. Ningún deuterogonista ni otros secundarios logran hacerle sombra en
escena alguna a este divino tesoro conseguido tras un meticuloso casting. El
director no propicia el distanciamiento y Don Silvio nos genera empatía, a
pesar de que lo discutimos éticamente toda la película. El espectador se
asemeja más a un rehén que a un activo interlocutor. La virtud, muchas veces,
se transforma en defecto.
Si hacemos un recorrido por otros grandes nombres del cine
mundial, los cineastas toscanos Paolo y Vittorio Taviani sostienen que el actor
es uno de los muchos instrumentos con que cuentan, aunque se trate, sin duda,
“del más dotado de valores plásticos y dinámicos”. Es difícil pensar Padre Padrone (1977), una
de sus grandes obras, sin Omero Antonutti, el terrible padre del escritor
Gavino Ledda, por el peso que tiene su presencia y su composición patriarcal.
Pero los Taviani, cineastas amantes del teatro y de la ópera, gustan sorprender
al espectador con la puesta en escena y el encuadre, porque apuntan al valor dramático
fuera de los actores, y eligen distanciar de ellos la cámara en el momento
menos pensado.
Como en la historia coral
no se trata de lograr una sumatoria de voces sino una sutil polifonía donde
cada voz ocupe su lugar en el conjunto, en toda historia de personaje, se trata
de abrir el abanico e ir de lo particular a lo general, o, como murmuraría
Robert Bresson, universalizar el detalle para llegar al todo. Es evidente que hay muchos Don Silvio Vega en nuestra
América profunda, muchos que albergan su violencia, y que podrían trascender
épocas y geografías. Al pasar, Mendoza hace mención a la herencia de los años
50 en Colombia y quizás hubiese sido interesante desarrollar las consecuencias
de tan prolongado patriarcado y tantas décadas de violencia de género.
Y podemos sumar otros ejemplos al ya mencionado padre
padrone y hablar del mítico El Hedi Ben Salem de Miedo devorar alma (1974), film en el que Rainer Fassbinder apuntó a expandir el personaje a todos
los inmigrantes ilegales (otro título que tuvo el film fue Todos nos llamamos
Alí) en una Alemania de amos y esclavos, cuya herencia vertebral era el
nazismo. Es evidente que a todos estos personajes solo los diferencia su
posición geográfica.
Pero volviendo a nuestras tierras, también es evidente que
este director colombiano disfruta lo que hace y se toma en serio cada
instancia. Los resultados artísticos hablan de esa seriedad. Recuerdo como me
impactó, a los tres minutos de comenzada La cerca, una extraña alternancia de
información entre el campo visual y el campo sonoro: la sombra del padre en la
pared mientras en sus labios leemos un texto relevante para el relato que será
dicho en un extraño off. Este juego, así como el misterioso merodeo de la niña
en La casa por la ventana, mientras la violencia circula en fuera de campo,
apunta a desafiar al espectador y sugerir más que mostrar.
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El equipo de la película recibiendo el premio a mejor película iberoamericana en el FICCI 2014. Foto: El Universal |
La bienvenida síntesis narrativa que ha logrado con el cortometraje no parece haber corrido la misma suerte en el largo. Hasta acá parece haberle sentado mejor un formato que otro, porque el escollo parece estar, precisamente, en la administración de la información. Podemos avalar esta hipótesis en la escena de los jóvenes con algunas dosis de ácido encima, donde el clima amenazante cae cuando intentan incluir al viejo en su juego. En estos tiempos cinematográficos en que la atmósfera se intensifica con pocas señales, me pregunto hacia donde apunta el enérgico montaje de Tierra en la lengua, o qué refrenda narrativamente el sonido ambiente en primer plano. ¿Y qué pasó con la caracterización de los guerrilleros, acaso hablamos del sueño de unos loquitos que querían salvar a la patria? Me parece que la rica historia de Colombia amerita dedicarle más tiempo a ciertos temas, variables imprescindibles a la hora de cualquier análisis.
No podemos terminar nuestro recorrido sin la imagen de Don
Silvio cuando pide a sus nietos que le den muerte una vez que haya dejado todo
barrido... y en el "the end", el héroe tirano se suicida porque sus acólitos se
niegan a matarlo. Aquí se interpela al estereotipo del pater familias, ese que
nunca perdió las malas costumbres, que siempre estuvo armado, que hizo de la
violencia su ley. Y la estrella de este film se luce en un potente in
crescendo, cada vez más intenso, que comienza en un fuera de campo visual con
su tos en campo sonoro dejando claro que su debilitada salud ya nos acerca al
final de su vida y de la película. Ésta dinámica, la de manipular las elipsis y
los campos a piacere, ayuda a concentrar
la vasta información con la que trabaja. Porque… ¿para qué poner toda la carne
al asador, si la economía narrativa le hace tan bien al cine moderno, si el
todo es más que la suma de las partes?
Sea como sea, dentro del paisaje del cine colombiano actual,
es gratificante contar con el riesgo al que Rubén Mendoza somete su
filmografía. Solo que, como espectadora, y para abonar la idea de Abbas
Kiarostami, preferiría la información más dosificada para salir rumeando el
film y preferiría confiar más en un diálogo abierto con sus ideas, esas que,
evidentemente, no le son esquivas.